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Siendo menos pacientes y más protagonistas

Javier Arza Porras
09 junio 2016

Bueno, pues siguiendo los consejos de los responsables de este blog, he tratado de escribir un titular más o menos llamativo y poco académico. Sin embargo, no sé si estarán igual de contentos respecto a su concreción. Adelantándome a su regañina, voy a tratar de solventar ese error de una de las maneras más habituales y eficaces: recurrir al diccionario para aclarar los dos conceptos fundamentales que conforman el titular:

Paciente, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, dícese (entre otras acepciones) de la persona que sufre o padece; que lo hace de manera paciente, sin alterarse; que sabe esperar; que recibe o padece la acción del agente;…

Protagonista, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, dícese de la persona que representa la parte principal de la acción, que es el personaje principal de la misma.

Visto así, lector/lectora, permítame una pregunta: ¿cómo se siente habitualmente en su relación con el sistema sanitario: paciente o protagonista? Lógicamente, es difícil optar de manera absoluta por una de las dos opciones. Sin embargo, y a la vez que usted sigue tratando de responder a mi pregunta, me adelanto y diré que el foco (uno de los elementos que distinguen al protagonista) está insuficientemente situado en el ciudadano o la ciudadana que utiliza los recursos del sistema sanitario (y lo mismo podríamos decir del sistema de recursos sociales, educativos,…). ¿Y dónde está entonces el foco? Yo diría que, conducido por ciertas dinámicas perversas del sistema, el foco se dirige hacia otros lugares. Destacaré cuatro de estas perversiones o patologías (utilizando metafóricamente un término más adaptado al ámbito del que estamos hablando):

1. El tecnologismo. Lo más importante es la tecnología a emplear. El más avanzado aparato de diagnóstico es la estrella. El último descubrimiento en biotecnología es el protagonista. Quién lo aplica, a quién se aplica, queda desplazado del foco.

2. El protocolismo. Por encima del o de la profesional, del equipo, de las características de la persona atendida, de su contexto, de sus circunstancias, está el protocolo. Todo debe ser adaptado, e incluso incrustado, en el omnipotente y omnipresente protocolo.

3. El fragmentacionismo. En este caso el foco reduce su zoom para centrarse en determinadas parcelas de la persona, mientras que el resto se oscurece. Así, algunos profesionales y recursos son cada vez más especialistas en ver lo relacionado con el pulmón, por ejemplo, pero tienen cada vez más dificultades para fijarse en otros aspectos de esa persona (es decir, en que esa persona es algo más que un pulmón).

4. El expertismo. Únicamente sabe sobre salud y enfermedad el o la profesional. El único saber existente y “real” es el conocimiento académico. Los saberes populares, e incluso las opiniones o decisiones de las personas atendidas, quedan fuera del foco que delimita el conocimiento aceptado y validado.

Ya sé, ya sé. Los avances tecnológicos y farmacológicos han salvado multitud de vidas y han contribuido a incrementar la calidad de vida de muchas personas; determinados protocolos han facilitado que los servicios sean ofrecidos respetando ciertos estándares de calidad; la especialización ha permitido una atención más adaptada y en profundidad; la profesionalización y la investigación científica han facilitado grandes avances en el conocimiento de la salud y la enfermedad. Y es que el problema no está en la tecnología, el protocolo, la especialización o la profesionalización. El problema está en la perversión consistente en que esos elementos tapen a quien debe ser el verdadero protagonista. El problema está en que no nos dejen ver a la persona en su integralidad. El problema está en que, como decía el televisivo doctor House, se traten enfermedades y no personas.

¿Hacia dónde debería estar orientado el foco entonces? En lógica con lo que vengo diciendo, hacia la persona (llámese persona usuaria, cliente o incluso paciente; tampoco debemos perder demasiado tiempo en la nomenclatura; lo importante es lo que hay detrás del nombre). Y al observar con detalle debajo de ese foco, lo que deberíamos encontrar es a una persona activa, empoderada, situada en el centro del proceso, PROTAGONISTA.

Bufff, difícil ¿no? Claro, porque lograr eso supone un cambio estructural y cultural, pero también personal. Sin embargo (tratando de elevar mi nivel de citas, después de lo de House), como dice Eduardo Galeano, “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

Así es, cada vez existen más experiencias, más metodologías, que intentan construir esa concepción de protagonista en el sistema sanitario (y en otros sistemas). Asociaciones lideradas por las propias personas afectadas, desde las que se impulsa su participación en el diseño de las políticas. Recursos socio-sanitarios que ponen en marcha sistemas para garantizar la participación de las personas usuarias en el funcionamiento del servicio. Experiencias de educación entre iguales en las que “el paciente” se convierte en “experto” que acompaña a otras personas desde su proximidad existencial. Profesionales y equipos que diseñan programas centrados en la persona, es decir, en su punto de vista, sus deseos, sus sueños, sus intereses, sus capacidades.

Pero bueno, me parece que ya debo ir cortando. De nuevo me vienen a la cabeza los responsables del blog: no te pases de palabras, no quieras contarlo todo en el primer artículo,… La verdad es que ya me apetece seguir contando cosas sobre esas grandes pequeñas metodologías para el protagonismo individual y comunitario, pero ya será en siguientes entradas de este blog.

 

Javier Arza, Doctor en Trabajo Social.

 


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