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La silla de ruedas y yo

Luis Arbea Aranguren
21 diciembre 2016

Hace 8 años todavía era capaz de dar unos cuantos pasos ayudado, eso sí, de un bastón. Un caminar incierto, torpe y limitado. Un centenar de pasos y evidente riesgo de caída. Mi futuro ambulatorio no dejaba opción a la duda: la silla de ruedas estaba próxima y lo que alguna vez había imaginado que pudiera suceder, estaba llamando a la puerta. Una manifiesta realidad que yo no acababa de aceptar. Así lo expreso en el último capítulo de la primera parte de mi libro “SOS…Conviviendo con la esclerosis múltiple”.

Efectivamente, yo me resistía a asumirla a pesar de que la totalidad de usuarios amigos consultados me contaban maravillas de ella con reflexiones del tipo (son frases textuales): “la silla me ha representado descanso físico y emocional”, “al principio tenía pánico a coger la silla, luego son como mis pies”, “me cansé de caerme, la silla representó una liberación”, “me di cuenta que no coger la silla me suponía una forma de aislarme”, “la silla, una bendición”, y un sinfín de otras tantas sensatas consideraciones surgidas con fuerza no de los libros ni de maravillosas teorías psicológicas, sino de sus propias y sufridas vivencias personales. Sin embargo, yo, curiosamente, me mantenía en mis trece y trataba de demorar, casi de una manera compulsiva, su incorporación a mi vida.

Una actitud, posiblemente, no demasiado inteligente, pero, sin duda, totalmente comprensible. Un rechazo más que razonable: la negación de una realidad que asusta e incómoda como eficaz mecanismo de defensa. Y no es para menos porque la silla de ruedas, (no sin razón es el pictograma universal para representar la minusvalía), me confirmaría pública y oficialmente mi discapacidad y dependencia y que la enfermedad me había ganado la batalla (nunca la guerra): la batalla concreta de la independencia motriz. Y si, además, le añadimos el pudor y la vergüenza narcisista de que la gente me viera por la calle como un pobre minusválido, pues, obviamente, entenderemos mejor que la aceptación resultase poco menos que imposible. Y es que la silla de ruedas, me representaba, en última instancia, el fantasma de la anormalidad y la incompetencia que tantas veces nos ronda a muchos afectados de esclerosis múltiple.

Pero la resistencia tampoco iba a durar demasiado. En poco menos de un año ya me desplazaba por Pamplona (al principio, un tanto cortado y pudoroso) subido a una flamante silla de ruedas eléctrica. ¿Qué había pasado? ¿Cuál fue el proceso que me hizo apearme del burro y, nunca mejor dicho, cambiar de cabalgadura?

Pues imagino que mi “conversión” se debió a que, finalmente, (la verdad siempre acaba ganando la partida), la lucidez ganó al prejuicio y la sensatez a la emoción confusa y condicionada, y llegué a entender que esto de la silla de ruedas hasta podía resultar bueno y provechoso. Efectivamente, intuí (y luego confirmé) que el capítulo de caídas quedaría prácticamente anulado. (Mis huesos y en especial mi cadera, libres del riesgo, todavía lo están celebrando. Y no digamos mi familia, que, al fin, respiró aliviada). Asimismo, comprobé, también, que podía llegar a parajes urbanos distantes, inaccesibles en los últimos años. Y por supuesto, esa mayor movilidad me posibilitó muchos de los encuentros sociales vetados o impedidos por la incomodidad o la desgana que me producía mi limitación motriz. Un riesgo menos de aislamiento social. Y así fue, más o menos, como sucedió y como acabé, muy gustoso, ingresando en el colectivo de dependientes motorizados del barrio. En definitiva, comprendí la esencia de ese trasto pesado, aparatoso y en cierta manera ignominioso: su naturaleza contradictoria. Las dos caras opuestas de la vida en la silla de ruedas: el bien y el mal, la luces y las sombras, encadenado y a la vez libre. Efectivamente, la silla de ruedas, por un lado, nos roba normalidad pues nos consagra definitivamente minusválidos ratificando nuestra dependencia; y por otro, nos devuelve parte de la libertad perdida potenciándonos independencia. Y es que mi silla de ruedas me impide caminar, pero me posibilita llegar.

Y aquí estoy, 7 años a una silla de ruedas pegado. Ligado a esa incómoda y no deseada compañera de viaje que he acabado por aceptar sin aspavientos su forzada compañía. Como esa amiga pesada que, aunque tantas veces insoportable, resulta insustituible porque en el fondo nos quiere y, finalmente, nos aporta un montón de buenas cosas. Y en este sentido, es obligado recordar que, por ejemplo, nuestra cuestionada silla nos puede ayudar, lo acabamos de ver, a hacer más soportable y llevadera la enfermedad: mejorando nuestra funcionalidad limitada, optimizando al máximo nuestros desplazamientos y normalizando nuestras relaciones sociales. Y en lógica consecuencia, ayudándonos a sentir la vida un poco menos cruel y desalmada, que puede resultar un poco más amable y humana y que, posiblemente, hay algo de verdad en aquello de que “Dios aprieta, pero no ahoga”.

En definitiva, a amar la vida, a no temerla y perder el miedo a vivirla. ¡Qué gran cosa esto de perder el miedo al futuro! Nos lo recordaba el filósofo Walter Benjamin cuando, con sutil lucidez, afirmaba que la felicidad consiste en contemplarse a uno mismo sin miedo.

De ahí que, por todo ello, hoy quiero brindar un reconocido y sincero homenaje a la silla de ruedas, extraordinaria circunstancia de mi vida, aunque…, a decir verdad, preferiría que me devolvieran aquellas dos maltrechas y renqueantes piernas, todavía funcionales, que me robó la enfermedad.

 

Luis Arbea, filósofo y poeta.

 


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