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Compartir la enfermedad

Luis Arbea Aranguren
05 octubre 2016

Siempre se ha dicho que las penas compartidas son menos penas, y aunque es total mi respeto por la sabiduría popular, en este caso yo no lo tengo tan claro. ¿Verdaderamente y en sentido estricto se pueden compartir el dolor y el sufrimiento? ¿Acaso ese amargo y penoso sentimiento de impotencia, de inutilidad e invalidez que en tantas ocasiones experimento, alguien de mi alrededor, por muy empático que sea, lo puede sentir de igual manera que yo? Pues posiblemente no, esos sentimientos son míos y solo míos. Y es que el sufrimiento profundo es único, personal, íntimo e intransferible por lo que eso de compartirlo de verdad parece una tarea imposible pues ante el dolor como ante la muerte uno está finalmente solo, como si de una, permitidme la pedantería, soledad esencial y metafísica se tratara.

Otra cosa es, sin embargo, que efectivamente en esa primaria soledad nos podamos sentir acompañados y aliviados ya que el sufrimiento, si no menor, sí se nos puede hacer más soportable en compañía. Por cierto, hermosa palabra que proviene del latín cum panis, y que nos habla de compartir el pan, el alimento, la supervivencia, lo material y lo no tan material, la alegría y la tristeza. Esa compañía que no sólo nos protege del hambre físico sino también del hambre espiritual y nos previene de esa carencia, de esa anorexia del alma que es la soledad. En definitiva, se trataría de compartir, muchas veces en silencio, la soledad del sufrimiento del prójimo. Lo que yo llamo la soledad acompañada. Esto sí que nos vale. Y es que, en el fondo, sentirse acompañado, es no sentirse solo, es sentir que todavía valgo la pena, es sentirse valorado y en última instancia, sentirse querido. Un acompañamiento que humaniza y que dignifica tanto al acompañante como al acompañado y que entendemos que es la mejor, si no la única, manera de compartir el dolor y el sufrimiento. Y si, además, lo hacemos con una sonrisa, pues miel sobre hojuelas, mejor que mejor.

Posiblemente las circunstancias personales nos hayan robado más de una sonrisa. Algo, por otra parte, lógico y fácil de comprender: demasiadas imposibilidades en nuestra mochila, demasiadas frustraciones a nuestras espaldas. Y, sin embargo, sonreír es cosa buena y tremendamente saludable e, incluso, hasta podríamos decir que es una gran inversión pues su rentabilidad está fuera de cualquier duda. De entrada, sale barato pues está en nosotros y no lo tenemos que pedir prestado a ningún banco emocional externo que nos hipoteque el corazón y la autenticidad. Además, al que lo dijo no le faltaba razón, la sonrisa es la distancia más corta entre dos personas. De ahí que la sonrisa auténtica, la sonrisa del alma acerque a las personas posibilitando una mejor convivencia. Sin duda, gran cosa. Pero, asimismo, también crea vida, pues cuando se nos sonríe de verdad, nos sentimos respetados y valorados. Que merecemos la pena a pesar de todas nuestras miserias, pequeñeces y limitaciones, a pesar de nuestro cuerpo destartalado… lo que, en última instancia, implica que nos sintamos queridos, y en ese momento recibamos un auténtico chute de vida que hasta nos puede dar por pensar que merece la pena vivir. De ahí que estemos totalmente de acuerdo con el filósofo que sentenciaba aquello de que “creamos vida en las personas que amamos”.

No estaría nada mal, por consiguiente, que rescatáramos, si la hemos perdido, la sonrisa para nuestras vidas. Que las despertáramos si las tenemos dormidas. Que las generalicemos si las tenemos restringidas. Nos ayudaría, en principio, a vivir desde la cordialidad y a crear un ambiente más vital. En definitiva, a vivir un poco más en paz. Pero, además, la sonrisa puede representar la mejor respuesta de agradecimiento a los próximos que nos acompañan. A veces, quizás la única, aunque maravillosa, manera de colaborar, de compartir la carga de nuestra dependencia. Esa sonrisa que dice gracias y crea vida porque, como decía el poeta, posiblemente gracias no sea otra cosa que un modo tímido de decir te quiero.

Así pues, desde estas reflexiones y por todo ello, nos atrevemos a afirmar que una maravillosa manera de compartir la esclerosis múltiple, consistiría en acompañar (a la persona cuidada y al cuidador) con una sonrisa. Esta es mi propuesta.

 

Luis Arbea, filósofo y poeta.

 


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