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Esclerosis múltiple navarra

A todos nos gustaría una vida sin dolor (nos lo pide el cuerpo) y sin sufrimiento (nos lo pide la mente). Es casi seguro que viviríamos plenamente felices. Sin embargo, estamos condenados a sufrir. El sufrimiento forma parte intrínseca de nuestra vida y está presente desde que nacemos. “¡Ay!, es el verso más antiguo que conocemos”, nos recordaba el poeta León Felipe. Ley de vida. Sufro, luego existo, podríamos decir. Estamos inexorablemente condenados a sufrir. Pero unos (¿por qué?) más que otros: por ejemplo, los afectados de patologías crónicas e invalidantes (¿qué hemos hecho para merecer esto?) como la esclerosis múltiple. Y si esto es así, nos surge inevitable la pregunta del millón: ¿podríamos hacer algo para solucionar el problema?

Me da que no nos quedan más que dos opciones: o nos vamos de este valle de lágrimas por la puerta de atrás que no es el caso, o asumimos la realidad con la mayor dignidad posible, lo que representa la alternativa más sensata. Y es por ello que, aunque, efectivamente, estamos condenados a sufrir, de la misma manera, estamos condenados a vivir, a vivir con la máxima plenitud y felicidad que nuestra situación y nuestras circunstancias nos lo permitan. Y en esa tarea nos encontramos todos, y con esa intención todos hacemos lo que podemos y está en nuestras manos para procurarnos las mejores estrategias para que la enfermedad no nos robe la cartera. A mí personalmente me sirve lo que yo llamo resignación activa que, aunque no es la panacea milagrosa, a mí me vale para no morir en el intento.

Somos más fuertes de lo que creemos

Tendríamos que decir, de entrada, que un concepto así puede sonar raro, contradictorio y un tanto provocador y hasta podría suscitar rechazo, pues resignación suena a conformismo, a dejadez, a claudicación, incluso a cobardía. Sin embargo, la resignación activa que propongo, no lo es. Cierto que implica aceptación, pero no se trata de una aceptación pasiva y fatalista como la del bíblico Job: “Dios me lo dio, Dios me lo quito, bendito sea su santo nombre”. (Lo comentábamos en nuestra entrega del 3 de Marzo). Demasiada paciencia y tampoco es eso. Nuestra aceptación implica pelea y afrontamiento. Parafraseando al venerable paciente, podríamos decir: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó, pero no se va a llevar todo, no me va a robar la identidad, ni me va a quitar las ganas de vivir”. En esta idea radicaría nuestra particular resignación: nosotros también tenemos algo que decir a la enfermedad, al dolor y al sufrimiento. Y desde este punto de vista, hay razones para el optimismo. La esperanzadora resiliencia al rescate: somos más fuertes de lo que creemos y podemos presentar batalla al destino. Y así, en este marco menos aciago, yo asumo y afronto mi dependencia tratando de, ésta es mi receta, compartirla, racionalizarla y reírme de ella.

Compartir la dependencia, lo comentamos en el artículo del 5 de octubre del año pasado, puede suponer un considerable alivio. Una interesante y juiciosa manera de soportar nuestra pesada carga. Las penas compartidas son menos penas porque hacen que nos sintamos acompañados, que no estamos solos, que nos sintamos valorados, que merecemos la pena y, en última instancia, que nos sintamos queridos. Y esto supone, sin duda, un chute de energía y de vida, importante y necesario para no tirar la toalla y evitar que la enfermedad nos quite el pan del morral.

Por otra parte, racionalizar mi desgracia implicaría relativizarla con sensatez, objetivarla, no hacerla mi más grande ni más pequeña. Una sugerencia que creo que no sobra pues en demasiadas ocasiones tendemos a exagerarla y magnificarla. Mi dependencia y mis limitaciones son graves e importantes, pero son las que son y, en ningún caso, me deberían impedir disfrutar de la vida y, aunque me estén continuamente llamando a la puerta, no me voy a dejar invadir por ellas porque les voy a dar la atención justa, el espacio justo, la presencia justa para impedir que me obsesionen, me absorban e inunden mi vida. Se trataría de un esfuerzo deliberado de, en la medida de lo posible, impedirles la entrada, de pasar de ellas. Y para ello, ¡qué mejor que estar activo, ilusionarnos con pequeñas metas, dar sentido y contenido a las rutinas más simples y disfrutar de ellas!

Resignación inconformista

Compartir y objetivar nuestros males, dos sugerencias para afrontar y sobrellevar con dignidad nuestra fatal e incómoda dependencia; sin embargo, no estaría de más, que fuéramos capaces, además, de reírnos de algún modo de ella. Algo que no resulta precisamente una tarea fácil por mucho que los sabios insistan en que el humor suaviza el sufrimiento y el drama. Aunque igual hasta tienen razón pues el humor, al menos de vez en cuando, nos puede ayudar a relativizar nuestros males y ver la cara amable (a veces la tiene) de la tragedia. Una relativización de nuestro sufrimiento que no esconde ni niega la realidad pero que de algún modo la suaviza. “El humor es un modo gracioso de esconder una lágrima”, nos dice nuestro siempre oportuno León Felipe. El dolor que ríe. Incluso nos podría ayudar a entender lo absurdo de la vida y lo absurdo de nuestra enfermedad y de nuestra particular dependencia. Desde esta perspectiva, reírnos de nuestra enfermedad sería como reírnos de nuestro desatinado destino. Alguien dijo, y no estamos en desacuerdo, que “no hay destino que no se venza con el desprecio”. Y es que, posiblemente, hasta lo absurdo puede merecer la pena ser vivido.

Así pues, esto de la resignación activa nos sugiere asumir nuestra realidad, aceptar las cartas que nos han tocado en ese reparto existencial, unas cartas no demasiado boyantes, pero que dependiendo de cómo las juguemos podemos ganar la partida. Dependiendo de cómo las juguemos nuestras grandes limitaciones no nos van a llevar al huerto. En definitiva, un afrontamiento que no niega la realidad, pero tampoco niega la esperanza. Por eso, sugerimos una resignación inconformista que nos puede servir, porque como decía el poeta “la lucha de uno mismo por la supervivencia es suficiente para llenar el corazón del hombre”.

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Luis Arbea, filósofo y poeta. Ver curriculum AQUI

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