¿TIENES DUDAS?
CONTÁCTANOS »

supervivencia

En anteriores entregas y desde diferentes perspectivas, hemos tratado de reflexionar sobre una serie de temas que nos atañen directamente como afectados de esclerosis múltiple en general y de una dependencia grave en particular. En todas ellas hemos intentado encontrar algún tipo de estrategia que nos sirviera para sobrevivir con dignidad esta nuestra azarosa vida que nos ha tocado en suerte y, así, hacer más llevadera nuestra particular carga. Y lo hemos hecho inspirados en un principio básico e irrenunciable: que la enfermedad no nos gane la partida, esto es, que no nos impida disfrutar de la vida. En definitiva, que la enfermedad no nos robe la identidad. (“Yo no soy mi EM” fue el título de nuestro primer artículo). Una filosofía inconformista que grita, denuncia y se resiste a la injusticia y la sinrazón que nos ha deparado la existencia, pero que, a la vez, trata de encontrar su lado menos cruel, ese lado menos implacable y más amable que no nos impide sonreír a la vida.

Y con este enfoque, hemos repasado una serie de cuestiones verdaderamente interesantes pero posiblemente nos falta una que considero fundamental. Una reflexión que intente responder a la pregunta del millón que es probable que nos la hayamos hecho más de una vez: ¿tiene sentido una vida con tantas espinas, tantos sinsabores y tantas lágrimas como la de un enfermo crónico y degenerativo? O dicho de otra manera más dura y directa, ¿merece la pena vivir una vida como la nuestra? En el último escrito defendíamos que, al margen de cualquier consideración teórica, simplemente por pura praxis de supervivencia, no debíamos tirar la toalla y que, por ello, incluso hasta lo absurdo merecía la pena ser vivido, pues compartíamos con Camus aquello tan ilusionante de que “la lucha de uno mismo por la supervivencia es suficiente para llenar el corazón del hombre”. Un planteamiento que, de entrada, nos debería servir. Sin embargo, pensamos que, además de esta maravillosa legítima defensa, puede (y debe) haber algo más, algo que corresponda con lo que siempre nos han contado: que el hombre es un animal superior; un animal que no solo se defiende, que no solo sobrevive, sino que, además, es capaz de crear sentido, justificación y esperanza en sus vidas. Esta es nuestra hipótesis.

Pues eso, que nuestra vida, con la enfermedad incluida, puede merecer la pena por otras razones que las de la pura supervivencia y que puede tener más trascendencia y sentido del que creemos. Afirmación cuestionable y que, para algunos, hasta puede resultar un tanto provocativa. Efectivamente, si dijera que la esclerosis múltiple nos puede hacer bien y mejores personas, y que, aunque te quita felicidad por un lado te la puede dar por otro, no sería de extrañar que me tildarais de iluminado, loco o algo parecido. (No obstante, yo os puedo asegurar, con la mano en el corazón, que no soy menos feliz que hace 20 años cuando no se me había declarado la esclerosis múltiple. Ni tampoco más, por supuesto).

Y ello me hace pensar que hasta puede ser verdad esa realidad que los psicólogos han acuñado como crecimiento postraumático y que se trata de una realidad objetiva fundamentada en multitud de estudios empíricos y avalado por toda la comunidad científica: el poder transformador del sufrimiento y del dolor. Algo que ya vislumbraba V. Frankl cuando afirmaba aquello de que “el hombre que se levanta sale más fuerte que cuando se ha caído” En definitiva, que la adversidad, desgraciadamente inevitable, nos puede hacer más humanos y mejorar nuestro crecimiento y proporcionar nuevas perspectivas en nuestro proyecto existencial. O, dicho de otra manera, que la adversidad y el sufrimiento, esto es, nuestra enfermedad, nos puede acabar proporcionando sentido a la vida. Y, desde luego, como veremos, otro sentido.

Y esto es algo que, en mayor o menor medida, seguro que lo hemos vivido en carne propia. ¿Quién de nosotros después de la aceptación de nuestra realidad no se ha sentido en algún momento más fuerte? Como si pensáramos algo parecido a “si esto no me ha tumbado, ya no me tumba nada, puedo con todo”. Esto es, que somos más resilientes. Un chispazo de esperanza: ya me da menos miedo el futuro. ¿O quién no se ha sentido más empático, cuando, sufriendo y teniendo en cuenta todas nuestras zozobras y pesares, somos capaces de comprender mejor a los demás e incluso de posibilitar y potenciar nuestra capacidad de ayuda? Y mientras escribo esto, me viene a la cabeza aquello de Eurípides: “Solo estando tú mismo lleno de llagas, puedes ser médico de otro”. Un verdadero chute de empatía, de la auténtica, de la buena, de la que acompaña, de la que nos hace mejores prójimos.

Y, en general, ¿quién de nosotros, en el curso de nuestra enfermedad no ha realizado profundos cambios en su escala de valores, en sus prioridades vitales, (“ahora lo que realmente me importa es esto y no aquello”), en la filosofía y sentido de su vida, abriendo, en definitiva, nuestras puertas a perspectivas e intereses menos materiales y más trascendentes y espirituales? Ciertamente, muchos de nosotros hemos sufrido una mayor o menos revolución interna que nos ha supuesto una inyección de motivación y de vida y que refuerza, una vez más, la idea de que, incluso, nuestra vida enferma merece la pena ser vivida. Una inyección, más o menos grande, de sentido al sinsentido que nos ha tocado vivir. Una posibilidad, una opción, una oportunidad que está ahí y no la podemos obviar. Una reflexión que el poeta José Hierro la expresó magistralmente cuando escribió aquello tan hermoso y esperanzador y que, finalmente, ilustra y sintetiza a la perfección este nuestro último discurso:

“Llegué al dolor por la alegría.

Supe por el dolor que el alma existe.

Por el dolor, allá en mi reino triste,

un nuevo sol amanecía.”

luis-cv

Luis Arbea, filósofo y poeta. Ver curriculum AQUI

© 2016 ADEMNA. C/ Lerin, 25 Bajo - 31013 Ansoain | info@ademna.es | Aviso Legal | Desarrollo: Your Concept

logos-footer